Tres ingredientes, un siglo de práctica y una calle chocolatera desde hace siglos.
El chocolate que servimos es deshecho, espeso, elaborado con cacao y al momento — el que pide que mojes algo dentro. Los churros llegan desde la cocina directamente a la mesa, fritos aquí mismo, crujientes por fuera y tiernos por dentro.
No hay mucho más. Ésta es la combinación que justifica haber hecho cola en la calle.
La calle de Petritxol es chocolatera desde el siglo XVIII. Las granjas y chocolaterías de esta calle forman parte de la memoria de Barcelona: aquí venían hombres y mujeres a desayunar, a conversar y a refugiarse del frío del Gótico.
La tradición del chocolate deshecho con churros en Cataluña tiene siglos. La fórmula es tan sencilla como exigente: un chocolate que se sostenga solo en la taza y unos churros que, al mojarlos, no se ablanden antes de llegar a la boca.